Vacas que vuelan, escuelas que caen

Se presentó en Asunción el libro Vacas que vuelan, escuelas que caen. Seis historias sobre la crisis del peor sistema educativo del mundo, publicado por Kurtural con apoyo de Oxfam en Paraguay.  

El mismo año en que Paraguay empezó a exportar vacas vivas por avión, se desató una inédita protesta estudiantil en colegios y en la Universidad Nacional.

Las historias de Vacas que vuelan, escuelas que caen nos acercan a este conflicto. Esta serie tiene protagonistas que le ponen cara a la batalla diaria de las mayorías por acceder al derecho a la educación. Una batalla que no debería ser tal si fuera un derecho pleno en Paraguay.

La crisis de la educación pone en cuestionamiento el mismo modelo de producción actual, que debería
generar los recursos para el bienestar de todos y todas. Si somos capaces de exportar vacas vivas por
avión, ¿cómo es posible que escuelas se caigan sobre maestras y alumnos mientras dan clase?

Aprender a sorprenderse

Un epílogo por Eliezer Budasoff *

Eliezer Budasoff durante el taller #NarrarLaDesigualdad. Asunción, abril de 2016.

De mayo a julio de 2016, cada lunes por la noche, nos reunimos en el último piso de un viejo edificio céntrico de Asunción para discutir cómo contar los problemas del sistema educativo de Paraguay, tratar de entenderlos y traducirlos a través de sus efectos sobre la vida de las personas. Elegir la educación para narrar la desigualdad abierta de la sociedad paraguaya no fue una decisión difícil: esos días, a pocas cuadras de donde nos reuníamos, un grupo de estudiantes secundarios tomó su colegio para exigir la renuncia de la ministra de Educación por el estado ruinoso de las escuelas, el manejo discrecional de fondos públicos, la falta de respuestas, el autoritarismo, la desidia generalizada. Dos días después, más de cien colegios habían sido tomados en todo el país, los docentes anunciaban su adhesión al reclamo y los padres salían a apoyar a sus hijos.

En las calles de Asunción, donde los automovilistas suelen reaccionar a las marchas y las movilizaciones con la empatía de un pelotón de fusilamiento, la gente ahora tocaba bocina y alentaba a los grupos de estudiantes que «entorpecían» el tránsito con sus protestas. No había demasiado misterio en esa solidaridad espontánea y más o menos homogénea que mostró la sociedad: a excepción de una minúscula élite privilegiada —que casualmente es la misma que monopoliza el poder político y económico del país hace décadas— casi todos en Paraguay han tenido que lidiar con la frustración y las limitaciones que implica tener uno de los peores sistemas educativos del mundo. El peor de todos en la actualidad, según el ranking que elabora cada año el Foro Económico Mundial.

Lo que no era tan evidente, a fuerza de haber sido naturalizado, es el modo en que eso puede transformar vidas, justificar formas modernas de esclavitud, facilitar estafas con el deseo de progresar de las personas, someter a docentes y estudiantes a riesgos mortales a diario, poner en juego los recursos y esperanzas de comunidades enteras o perpetuar la desigualdad, como lo cuentan los textos de este libro.

Revelar ese tipo de relaciones, rastrearlas, documentarlas y buscar la manera de interpelar a los lectores —a quienes esta realidad los involucra de un modo directo pero velado—, fue lo que Oxfam en Paraguay y Kurtural se propusieron cuando decidieron encarar un plan para hacer periodismo sobre problemas centrales de la sociedad paraguaya. Una tarea que, hasta hace algunos años, se asumía como una misión de los medios, pero que ha desaparecido casi por completo de las redacciones más grandes y antiguas de América Latina.

Aunque es una mala noticia para los medios tradicionales de nuestros países, tal vez sea buena para los lectores: el periodismo como servicio público, como una vía para iluminar aquello que no vemos y nos afecta, quizá ya no forme parte de las ecuaciones empresariales, pero se ha convertido en la obsesión de algunas personas, grupos y organizaciones que han creado formas nuevas de seguir haciéndolo; formas más híbridas y asociativas, más creativas, menos determinadas por límites políticos o económicos, menos acartonadas y conservadoras. Pero igual de ambiciosas.

Escribir una crónica es una tarea más compleja y exigente que la de informar a secas o escandalizar, porque lleva implícita la pretensión de conmover y producir significado, de ayudar a entender una realidad sin reducir sus matices; de lograr, en última instancia, que a otros les importe lo que a uno le importa. Y como suele suceder con lo que a uno le importa, producir y publicar estos textos exigió de sus autores y editores más tiempo, más recursos y más energías de lo pensado.

Cuando me fui de Paraguay, en julio de 2016, el equipo que produjo la serie Escuelas que caen siguió discutiendo las historias, ensayando comienzos, persiguiendo funcionarios, buscando especialistas, pensando diseños, resolviendo problemas de producción, escribiendo primeras versiones, rastreando más información, peleando por la edición, probando títulos, renunciando a textos estancados, comenzando nuevas historias, tapando huecos de presupuesto, definiendo un orden de publicación, reescribiendo versiones y discutiendo (otra vez, otra vez) el mejor modo de traducir los problemas de la educación paraguaya.

Plantarse frente a una realidad sombría con la ambición de producir algo seductor y significativo no es una tarea heroica ni sublime: es un trabajo ingrato, siempre insuficiente y con resultados impredecibles. La sensación constante de estar fracasando apenas consigue mantenerse a raya con la convicción de que hacemos algo necesario. Pero el trabajo, cuando se toma en serio, puede ofrecer una recompensa que basta para mantenerlo vivo: a veces, de tanto insistir, uno descubre algo que estaba allí y se sorprende de no haberlo visto antes. Uno aprende y se transforma, porque ya no puede volver a mirar de la misma manera. Ni a la realidad, ni al trabajo de escribir sobre ella. Ese descubrimiento es lo que se contagia a los lectores.

«Para escribir una historia», dice el maestro Julio Villanueva Chang, ««hay que aprender a sorprenderse».

Hay una pregunta instrumental que subyace como un fantasma cada vez que alguien se propone hacer este tipo de periodismo, y es si eso alcanza, si vale la pena el esfuerzo. La pregunta es una trampa, porque postula una incertidumbre que no tiene respuesta y oculta una certeza anterior, que siempre da sentido a este trabajo: si el periodismo es capaz de cambiar algo, solo es capaz de hacerlo cuando se lo ejerce con esta ambición.
* Texto publicado en el libro Vacas que vuelan, escuelas que caen, p. 123. Asunción, abril de 2017.


El libro puedo retirarse en las oficinas de Kurtural (Azara 197 casi Yegros, 10º Piso, Asunción) o en Oxfam en Paraguay (Mac Mahon 5391 casi Rca. Argentina, Asunción), en horario de oficina.
Oxfam en Paraguay